Pedro Lomas Nielfa
I.E.S. Sierra de Guadarrama
La verdad es que mi trabajo no es del todo divertido. Por las fechas en que estamos, cualquier día me sacan de la caja de cartón, me quitan el papel con burbujas que me rodea y me plantan a la intemperie durante unas tres semanas, escenificando el nacimiento del Hijo de Dios. Que está muy bien celebrarlo, pero digo yo que algún año me podían dejar ir a El Corte Inglés a gastarme dinero, comer turrón y polvorones o ir a un cotillón, en lugar de estar aquí veintiún días pasando frío. Para colmo, con una oveja sobre los hombros, que pesa más que un collar de melones. Mi misión es ir con ella hacia el Portal, para ofrecerla al Niño recién nacido. Pero esto es en teoría claro, porque el caso es que no la suelto nunca. Por las noches, cuando nadie mira, la dejo en el suelo y descanso, pero tengo que tener cuidado de que nadie me vea, pero aquí, en el Jardinillo de los taxis, casi nunca deja de pasar gente.

Claro que podía ser peor, porque me sé yo de un compañero, que se llama Antonio, al que todos los años colocan en el río porque, en lugar de oveja, lleva una trucha apoyada contra su pecho. Por las noches, cuando comemos gachas junto a Paco, (ese sí que es un enchufado, está todo el día en la cueva junto a la hoguera) me cuenta que cada año le es más difícil evitar que le castañeen los dientes. Incluso sus Majestades de Oriente, con todo el lujo que aparentan, tienen las posaderas hechas polvo por culpa de las jorobas de los camellos. Pero la palma se la lleva Federico, que por azares del destino le tocó el papel de desahogarse, es decir, de tirar los pantalones, y se pasa la Navidad en cuclillas y con el culo al aire. Eso si que es una faena. Todos los años, en la reunión de figuritas de Belén, pide un cambio de función, pero claro, hasta que no se quede un puesto libre de otra cosa, no hay nada que hacer. Para que no se queje, le recordamos que él es el preferido de los niños, que le señalan con el dedo riéndose cuando le ven. Hay gente que, cuando pasa por nuestro lado, que ni miran. Unos porque tienen prisa, otros porque van directos al niño… y tal y como está el asunto, no está de más que la gente te señale con el dedo. Te da algo de importancia, digo yo. Además, algunas noches, cuando todo está tranquilo, el Rey Melchor, que es un buenazo, le deja una vuelta en su camello.
Estando aquí, acabas conociendo a la gente de Cuenca. Los hay que pasan por aquí a diario. Por la mañana, a primera hora, los que van a trabajar a la oficina coindicen con las marujas que van a la compra. Éstas vuelven al poco, arrastrando un carro lleno de comida, que para eso estamos en fiestas. Durante toda la mañana pasa gente. Los más agradecidos son los niños y los abuelos. Pueden pasar cinco o seis veces el mismo día, y siempre se paran un ratito a mirarnos. Hay momentos en los que me cuesta trabajo no salir de aquí para preguntarles qué ven, qué piensan cuando miran las figuras en silenci, durante diez minutos.
En el fondo, todos somos amigos y sabemos cada uno cual es nuestra misión. Yo estoy con el grupo de pastores bajo un roble, hasta que llega un ángel – desde hace unos años siempre es el mismo – y nos dice lo de siempre, que ha nacido el Hijo de Dios y que nos vamos hacia el Portal, por supuesto andando (no quedaría muy ortodoxo poner un autobús en Belén). Por el camino se nos va uniendo gente, las mujeres y los hombres del pueblo, y empezamos a cantar villancicos. Pasamos por las huertas, en cuyas matas tienen gotitas de escarcha convertidas en hielo, cruzamos el puente desde donde se ve a Antonio y al fondo, a las afueras de Belén, se ve un portal del que sale una luz blanca, preciosa. Y allí todos los años están San José, la Virgen María y, en el regazo de ésta, el niño sonríe. Y qué quieren que les diga, cada año me asombro más de que el Niño le queden ganas de reir, porque la cosa está cada vez peor. Pero si él sonrie será porque aunque el mundo vaya a la deriva, todavía quedan cosas que merecen la pena. Y cuando le veo esa carita pienso que soy un privilegiado, y paso totalmente del Corte Ingles, del turrón y de los polvorones. Que ya es pasar.