Azucena Crespo
I.E.S. Sierra de Guadarrama
Miedo… que da miedo del miedo que da…
El miedo es una sombra (…)
El miedo es una trampa que atrapó al amor,
El miedo es la palanca que apagó la vida,
El miedo es una grieta que agrandó el dolor… 
Vencer al miedo… nos va la vida en ello… como al héroe troyano, que expresa en su gesto el profundo amor a su pueblo y a su familia, símbolo del valor y el coraje de aquel que no es ajeno al peligro de la derrota; como el Héctor homérico, decidido hasta el final a afrontar la lucha y su destino con tal de no someterse a la esclavitud, que es ya una peor muerte la ausencia de libertad…
Encontramos en las escenas de esta película toda una cartografía de miedos, mapas de ese oscuro territorio trazados por cada uno de los distintos personajes y situaciones: miedo a la soledad, a que el tiempo deje atrás nuestra oportunidad; miedo a la cotidiana mediocridad, a la falta de horizonte y perspectivas de mejora personal; miedo al compromiso, a quedar encerrado y asfixiado en sus márgenes; miedo a perder lo que se cree en propiedad; miedo a ser culpables de nuestros más íntimos y desesperados anhelos de huída; miedo a no ser amados, débiles que se arman por fuera para mantenerse en pie…
Nos centraremos en la figura ausente, presente sin embargo a lo largo de toda la película: la madre de Héctor. Se nos presenta como la imagen de la persona capaz que lucha por alcanzar sus sueños, desde su salida del negocio familiar hasta su partida al otro lado del mar. Pero tras los buscadores de sueños se esconde la amenaza del precio de esa felicidad (precio que hay que estar dispuestos a pagar sin demasiada perturbación del ánimo, con grandes dosis de aceptación y una pizca de serenidad interior). En el caso de esta emprendedora, su deseo de ser madre se vincula con la pérdida de su relación de pareja; en ella, como en el resto de figuras, aparecerá ya vinculado el deseo y el temor. Lo que parece sucederle a esta mujer es que, una vez consumado su deseo y afrontado la pérdida, el peso del temor adquiere dimensiones extraordinarias. Las descripciones de sus desequilibrios así parecen detallarlo. El temor se apodera de este personaje: temor a la pérdida de su hijo por la aparición de un padre, que no por invisible deja de manifestar una posibilidad menos aterradora ante sus ojos; temor a desear, pues una vez vinculado fuertemente el deseo y el temor resulta arriesgado querer… y se deja sumir en la desidia, el abandono, la desesperanza de quien ya no se marca objetivos, sueños ni fines que per-seguir (con la intensificación que aporta ese prefijo griego a la propia acción de seguir). Permanece anclada sin sueños que seguir, por los que seguir… Soñar para ella ya es el propio peligro, la base de la futura frustración asociada.
Detengámonos a analizar el miedo que sobrecoge a Sofía, la madre de Héctor: el logro de nuestros sueños puede vincularse a conflictos con un otro, bien sea ese otro una persona o una situación (tozuda realidad que no se pliega completamente a nuestra voluntad), o bien que se debatan en trágica tensión nuestros propios “otros” sueños, incompatibles en su efectiva realización. El mencionado precio de la felicidad no es más que el ejercicio de la libertad que, en tanto exige decisiones y elecciones, conlleva en sí misma rechazos, pérdidas, en ocasiones angustiosos los unos, dolorosas las otras. Nuestro personaje ha sido libre en sus decisiones del pasado, y a pesar del dolor fue capaz de diseñar y emprender estimulantes planes y retos personales; pero desde la pérdida de su proyecto de pareja se instala definitivamente en un sentimiento de miedo a la libertad. Las implicaciones de este miedo son de profundo calado, como expresa la trayectoria vital de esta figura a partir de entonces.
La renuncia a la libertad es la renuncia a la vida misma: vivir implica tener que elegir, modelar continuamente nuestros sueños perseverando en ellos sin darse por vencidos, a pesar del dolor de otras pérdidas o de su insistente y demoledora manifestación como mero fantasma inalcanzable (fruto de la proyección hacia el futuro del cuadro de las innumerables caídas sufridas en su busca). Vivir puede requerirnos la elección de padecer el proceso de redefinición del rumbo ya emprendido si hoy se presenta como inadecuado, si el camino ya no tiene corazón – como dirían las enseñanzas de Don Juan -. También puede exigirnos decidir el desgarrador desligarnos del sueño definitivamente truncado, o de aquel tan desvencijado que ha dejado de constituir un impulso en el camino para convertirse en un peso atenazador, paralizador; hay que elegir poder soltar esos sueños rotos o ya muy viejos para emprender el camino de componer sueños nuevos. El último requerimiento, que es muestra de libertad, será poder aceptar des-prendernos de la vida misma… Paradójicamente, estos dolorosos costes nos conectan directamente con la profunda alegría y la dicha de vivir una vida auténtica; permanecer intactos, a salvo, invictos, a pesar de haber experimentado el dolor asociado a la libertad, supone participar de un renacer a la plenitud de la vida y sus goces, renovados a cada instante. Cualquier rechazo de este aspecto doliente de la libertad suprime también la posibilidad del goce reservado. Pero no podemos rechazar, esquivar la libertad, esa pretendida renuncia no es más que un reflejo, un espejismo. Cuando la madre de Héctor renuncia a su capacidad de elegir lo que quiere para su propia vida, afrontando el dolor que ello conlleva, toma otra decisión: dejar-se vivir (forma impersonal de la vida inauténtica, tematizada en el existencialismo) desde el miedo al sufrimiento.
El fin de la trayectoria de este personaje podemos entenderlo como una metáfora: Vivir es un ejercicio de libertad, el más pequeño e insignificante acto cotidiano o el gran diseño de lo que podría ser nuestra vida (individual o colectiva) requieren elecciones. Elegir es un verdadero acto de amor hacia aquello escogido (en esto seguimos a San Agustín en su concepción del amor como elección, preferencia, predilección – el amor decide-, que es raíz y clave interpretativa de la definición moral de una persona, una sociedad o de la historia entera). Y amar requiere valor para afrontar la pérdida, ya sea como frustración de su cumplimiento, o consumada incompatibilidad, o como ulterior ausencia. Vivir es pues un ejercicio de amor y valentía, la posibilidad de una promesa de recompensa tras los avatares y escombros. Nuestro personaje decide abandonarse al miedo, espacio que se va amplificando y en el que cada vez hay menos sitio para el amor (sólo desatención y abandono hacia su hijo, así como distancia y enfrentamiento con el resto de su familia y amigos), y en el que disuelve toda valentía, en un intento infructuoso de protegerse ante el dolor. Donde desaparece el amor, y la valentía requerida para ello, sólo queda el verdadero sufrimiento al que tanto temíamos, el miedo al miedo, la muerte.
El último legado de esta madre a su hijo es una invitación a amar (que sólo puede hacerse valerosa, heroicamente) propiciando un encuentro entre padre e hijo; la misma invitación al amor del asaltante – “Pide un deseo” -, que es un susurro que inspira y anima a su hijo a atreverse a elegir afrontando las cortantes e ineludibles aristas, para que se arriesgue a soñar, a vivir sin miedo a equivocarse. Sólo amar, elegir, preferir, nos saca del miedo, nos regala, nos devuelve, nos reinstala de nuevo en la vida; sólo el amor puede vencer a la muerte, repite el eco murmurante, incansable desde siempre, del cantar de los poetas…
En casi todos los personajes, pese a sus miedos presentes, aparece el brillo inconfundible del amor, que no aprisiona sino que es más auténtico en la medida en que abandona la arrogancia posesiva de las manos que pretenden re-tener y sucumben bajo el agotador esfuerzo que se sabe impotente y desesperado; en los protagonistas lo que deslumbra es el valor del héroe que sabe querer intensamente frente a la posible derrota (como aquel héroe que consigue la inmortalidad en el momento en que deja suceder lo que haya de suceder, sin recurso a fortalezas tras las que parapetarse); resplandece aquí la potencia real y el vigor de un querer generoso, que se colma en el acto mismo de amar, como donación que constituye su mayor pertenencia, abierto a la indefensa fragilidad, a la esencial vulnerabilidad, para dejar marchar, si es que se ha de marchar o definitivamente marchó, lo que no es posible retener. El mismo análisis nos sirve respecto de los aspectos sociales del mundo que nos rodea, que exige una urgente reforma ante el peligro de la expansión del egoísmo (quizás esa reforma pase por transformar el corazón humano, tal como propuso el obispo de Hipona); porque el amor egoísta (como actitud personal o social), más preocupado en acumular, y acaparar para sí (que en el sincero descubrimiento y entrega a lo amado), obsesionado por la seguridad del tener, incapaz de soltar, no es amor sino miedo… La libertad y el amor quieren ser la misma cosa: la vida misma…
Film: “Héctor”
Director: Gracia Querejeta
Guión: Gracia Querejeta y David Planell
Año: 2004