Alberto Pinilla
I.E.S. Sierra de Guadarrama
Poetas latinos, Catulo, Tibulo, Propercio, Ovidio, se encuentran, junto a otros, entre quienes de forma más personal, encendida y extensa escribieron poemas, elegíacos muchos, sobre sus intensas vivencias amorosas. Otros que les precedieron, griegos, habían dirigido el arte del verso a dar cuenta también de sus momentos vividos dolorosamente en ocasiones; la fuerza de los estados de ánimo descritos, la forma en la que los trataron, hicieron nacer en las literaturas europeas admiradores y deudores; fueron éstos también poetas que procuraron no dejar que cayeran en el olvido sus hallazgos.
Surgen con ellos, creados o renovados, temas que después se transformaron en lugares comunes, si es que algunos no lo eran ya cuando los abordaron: esperanzas, desprecio, rechazo, engaño, celos, resignación, ruptura. Sin embargo, la intensidad, la melancolía a veces, la impresión de hechos vividos más que inventados, el dolor narrado abruptamente por la complejidad de las relaciones, trascendieron los lugares comunes. Una mirada al pequeño universo de sus cambiantes estados de ánimo permite advertir que, en este ámbito, nunca quedaba su ánimo a resguardo del dolor.
En este mundo cada uno, ocupándose todos de vivencias cambiantes o pasajeras, ofrece una distinta mirada. Propercio puede significar la melancolía minuciosa, la presencia de la muerte en el amor, con un aliento triste, cuyos reflejos llegan a poetas del Romanticismo; también ofrece, a quien lo lee, el apasionamiento lleno de incongruencias, en la forma incluso, y vacilante desde el primer encuentro hasta la ruptura.
Tibulo puede representar la sencillez elegante, y Ovidio importa, entre otras razones, por la exuberancia, por el artificio, por el sentido poético, pese a lo banal de algunas de las relaciones narradas.
Enfermedad de amor
Quizá Sulpicia, cuyos poemas se editaron junto con los de Tibulo, es quien ofrece uno de los pasajes más bellos en relación con esta idea del mal de difícil curación:
¿Hay en ti, Cerinto, un interés compasivo por tu chica, ya que la fiebre ahora consume mi cuerpo quebrantado? No desearía yo curar mi triste mal si no creyese que también lo quieres tú ¿De qué me puede valer, con todo, que mi mal cure, si mi enfermedad aceptas con corazón indiferente?
(Tibulo III 17)
¡Cuántas veces, fingiendo dolor de cabeza, me mando a mí, vacilante y con paso indeciso, que me fuera! ¡Cuantas veces imaginó mis faltas y cuántas a mí, inocente, me perdonaba! ¡Cuántas me presentaba como culpable! Así, cuando me había atormentado y había avivado el casi apagado fuego, rendida a mis deseos, dulce de nuevo era. ¡Qué de caricias! ¡Qué dulces palabras pronunciaba! ¡Qué besos, grandes dioses, me daba!
(Ovidio Amores II 19)
Exclusión
…Créeme, no existe producto útil para tu hermosura. Amor desnudo no quiere belleza rebuscada…si gusta a alguien, una muchacha ya está bastante embellecida…Con eso serás siempre para mi vida la más dulce, en tanto que el lujo penoso te canse.
(Propercio I 2)
Quien te ve se hace culpable: por eso, quien no te vea, no te deseará: culpables los ojos son del delito.
(Propercio II 32)
No me apartará de tu lecho mujer ninguna. Nuestra pasión unida está por este compromiso. Eres tú sola quien me gustas, aparte de ti, en la ciudad, no existe muchacha que, a mis ojos, parezca hermosa. ¡Y ojalá a mí solo pudieses parecerme bella! Enfada a los otros: así yo estaré seguro,…No es conveniente provocar envidia; que se aleje el goce de la gente: quien sea capaz, disfrute en intimidad callada. Así podría yo feliz vivir en retirados bosques, donde no existiese sendero hollado por el humano pie.
(Tibulo III 19)
Me preguntas, Lesbia, de tus besos cuántos me serían suficientes. Tanto número como las arenas de Libia…o como las estrellas que, cuando la noche calla, observan los furtivos amores de los hombres: estos son los besos tuyos que, para este loco de Catulo serían suficientes; tantos que ni los curiosos fueran capaces de contarlos ni pudieran con su mordaz lengua conjurarlos.
(Catulo, VII)
La mujer que amo dice que no quiere unirse con nadie más que conmigo, ni aunque el mismo Júpiter se lo pida. Eso dice, pero lo que la mujer dice al amante ciego hay que escribirlo en el viento, en el agua que pasa.
(Catulo LXX)
Puede ella con sus caricias ablandar encinas robustas, duro diamante, insensible roca, tiene ella recursos bastantes para conmover a quien aliente con vida y sea hombre.
(Ovidio, Amores, III 7)
Tormenta
No me conmueven las lágrimas: he sido cautivo de esa impostura. Acostumbras a llorar, Cintia, con engaño. Lloraré yo apartándome de ti, pero la afrenta puede al llanto: no permites tú que siga tan complaciente atadura… ¡Que el peso de la edad te amargue con el disimulo de los años…! ¡Aprende a temer el final de tu belleza!
(Propercio III 25)
Largo tiempo mucho soporté; derrotada ha sido mi paciencia por tus defectos ¡Sal de mi corazón, amor bochornoso! Sin duda, ya me he puesto a salvo y he sacudido las cadenas; me avergüenza haber aguantado lo que no me avergonzó aguantar. Hemos vencido y pisoteado un ya amansado amor.
(Ovidio, Amores III 11)
Los temas, el tratamiento satírico de los mismos también, llegaron a la Edad Media. El Arcipreste se sentía deudor de Ovidio, de quien conocía el contenido de sus obras amatorias y eróticas fundamentalmente a través del Pamphilus medieval; en efecto, es a este poeta latino a quien rinde homenaje
Sy leyeres Ovydio, el que fué mi criado,
En él fallarás fablas, que l’ ove yo mostrado,
Muchas buenas maneras para enamorado:
Pánfilo é Nasón de mí fué demostrado.
Sy quisyeres amar dueñas ó otra qualquier muger,
Muchas cosas avrás antes á deprender,
Para que te ella quiera en amor acoger…
(Libro del Buen Amor 429-430)