Rafael E. Méndez Devesa
I.E.S. Sierra de Guadarrama
Recuerdo la primera vez que oí hablar de Guerra y vicisitudes de los españoles. Fue en el último curso de la universidad. El profesor Antonio Fernández comentó que entre los testimonios que nos habían quedado del período de la Guerra Civil en España sobresalía este relato de una figura secundaria del bando republicano, el periodista y político socialista Julián Zugazagoitia. Lo consideraba así, por el valor histórico de la crónica y por el inusual esfuerzo del autor en búsqueda de un juicio justo de aquellos dramáticos acontecimientos. Añadió que ese deseo de buscar la verdad y evitar la inquina, tenía especial mérito, pues el libro fue escrito en los meses inmediatamente posteriores al final del conflicto, mientras los vencedores escribían su glorioso relato de los hechos heroicos que llevaron a su victoria predestinada, y los republicanos se acuchillaban en sus escritos, buscando establecer quién tenía mayor responsabilidad en la reciente catástrofe. Similar juicio merece la obra al historiador Santos Juliá que en el prólogo a su reedición en 2001, consideraba la obra de Zugazagoitia “el primero y, si se apura, el más valioso de los relatos escritos desde entonces por ningún dirigente de la Repúbica”(1).
Conviene empezar estableciendo que Guerra y vicisitudes de los españoles no es una historia de la Guerra Civil, ni fue pensada como tal. Al propio autor, exiliado en Francia, le disgustó que la primera edición de su obra, publicada en Argentina en 1940, llevase el título de Historia de la guerra en España por motivos comerciales. Se trata más exactamente de un relato o crónica personal, escrita con el deseo de ser provechosa en el futuro “para quienes, con el debido rigor, se propongan escribir imparcialmente”(2) esa historia de la guerra. También allí, escribía que su deseo era “no envenenar, con un legado de odio, la conciencia virgen de las nuevas generaciones españolas” para las que, en definitiva, escribía la obra, pues pensaba que en su época “no gustará a nadie. Según un amigo mío, es todavía temprano para permitirse el lujo de la imparcialidad”(3).
“(Esta obra) se aparta, deliberadamente, de todo propósito polémico y declina toda intención apologética. De haber acertado, una sola verdad resplandeciente se impondrá al lector: el sacrificio del pueblo. Este es quien, con atuendos diferentes, y a veces sin ellos, tributó su sangre”(4).
El relato del periodista vizcaíno comienza con los antecedentes inmediatos del conflicto. Recuerda como mientras la conspiración se fragua, el gobierno republicano se mantenía en una ignorancia confiada, y una parte muy notable de la izquierda obrera actuaba ignorando la amenaza, y contribuyendo significativamente al desorden reinante en el país. Ese desorden fortalecía la conspiración “proyectada con largos meses de preparación, en los cuartos de banderas y en las oficinas civiles de monárquicos y falangistas”(5). En esa situación se produjo, la madrugada del 15 de julio de 1936, el asesinato del líder monárquico José Calvo Sotelo. Zugazagoitia era desde 1932 el director(6) del diario El Socialista y recuerda que cuando, a la mañana siguiente, le confiaron la noticia pensó que “ese atentado es la guerra”(7), en especial, tras conocer las circunstancias del crimen en el que habían participado miembros de la policía republicana y que el líder civil de la conspiración golpista había sido detenido en su casa, pretextando una (inexistente) orden de detención dada contra él por el Gobierno.
El golpe militar no se hizo esperar. La guarnición militar del Protectorado de Marruecos se sublevó el 17 de julio. El gobierno presidido por el republicano Casares Quiroga pensó que dominaría el golpe de estado con facilidad; en todas las guarniciones le confirmaban que los mandos militares se atendrían a la lealtad jurada y defenderían con las armas la legalidad constituida. Al día siguiente, la rebelión se había extendido a la Península y la situación tomaba un cariz de notable gravedad. Mientras los contrarios a la rebelión reclamaban “¡armas!, ¡armas! antes de que sea tarde, ¡armas!”, Casares Quiroga “seguía entendiendo que eso no era posible sin arriesgar, por la derecha y por la izquierda, la existencia de la República”(8); temía, tanto o más, una insurrección revolucionaria de la izquierda que el golpe militar ultraconservador que tenía delante de los ojos. Aunque el temor estaba justificado, el error de cálculo gubernamental no tardó en hacerse evidente y cuando la rebelión se había extendido y adueñado de una parte significativa de la nación, se nombró un nuevo gobierno presidido por el republicano Giral que decidió armar a los opositores a la sublevación militar. Esa determinación fue clave para detener el golpe en ciudades como Madrid, Barcelona, Gijón, Cartagena,… El triunfo sobre la sublevación de los cuarteles de la Montaña del Príncipe Pío y de Carabanchel en Madrid o sobre la del general Goded en Barcelona, despertaron el entusiasmo entre los partidarios de la República pero, a finales de julio de 1936, España había quedado dividido en dos zonas enfrentadas brutalmente.
También la represión comenzó inmediatamente. “Lo que en las ciudades, como Madrid y Barcelona, se conocía por el nombre de paseos – paseos que desembocaban en la muerte- , en los pueblos campesinos, y… capitales como Burgos, Valladolid y Cáceres, se llamaba la reforma agraria. A los afectados por ella se les daba tierra, ¡poca! sin renta y para siempre… La supresión del adversario o del sospechoso, adversario o sospechoso a juicio de los que portaban armas, no fue monopolio de uno de los bandos, sino tacha común a los dos. La crueldad fanática tendía al exterminio del discrepante y del desafecto”(9). La represión fue brutal en ambas zonas, pero también el tiempo evidenció una diferencia esencial que habría de tener graves consecuencias: “tranquilo de conciencia, no se conoce un solo acto por el que se sepa que Franco luchara, como lo hacía el Gobierno de la República, contra la crueldad”(10). En la zona republicana, tras la sublevación militar y la desafección de gran parte de los funcionarios militares y civiles del Estado “el desbarajuste interior alcanzaba proporciones insuperables; el aparato del Estado se mantenía en pie por inercia”(11). Esa situación permitió durante algunos meses todo tipo de crímenes y de arbitrariedades, cometidos amparándose en las exigencias de la revolución, y de los que fueron víctimas preferentes la Iglesia católica y el indefinido grupo de los reaccionarios y los fascistas. En septiembre de 1936 se constituyó el gobierno presidido por el socialista Largo Caballero, en el que se integraron todas las fuerzas que apoyaban la causa republicana, incluidos (desde noviembre), por vez primera en la historia, los anarquistas. Fue un paso decisivo en el restablecimiento de la autoridad central y en el sometimiento a mayor control de las milicias de los diferentes partidos y sindicatos. Entre los que apoyaron decididamente el restablecimiento de la autoridad central y el control de la represión se contó Zugazagoitia, basando su opinión no sólo en motivos de justicia sino en el daño que a la imagen de la República hacían todos aquellos hechos arbitrarios. Un ejemplo, en el editorial de El Socialista de 3 de octubre de 1936 titulado La ley moral en la guerra decía: “la vida del adversario que se rinde es inatacable; ningún combatiente puede disponer libremente de ella. ¿Qué no es la conducta de los insurrectos? Nada importa. La nuestra necesita serlo”(12). Mientras tanto, en la España nacionalista la represión seguía otra pauta, fue utilizada como un instrumento de dominio, de terror y de eliminación física de las raíces del mal.
Entre tanto, la evolución militar del conflicto iba de mal en peor para los republicanos. Aunque la situación de partida les fuese favorable, los nacionalistas contaron con un ejército más disciplinado y eficaz, apoyado en una notable superioridad en armamento gracias a la ayuda exterior de las potencias fascistas. “El optimismo de los rebeldes tenía su razón. El avance de las tropas no encontraba resistencia. El ejército de la República seguía siendo una montonera que se gobernaba por sus instintos. Para someterla a las leyes militares hubiera necesitado lo que no tenía: mandos. Los que había improvisado no eran aptos sino a la hora del valor personal y del sacrificio”(13). En esas condiciones, a comienzos de noviembre de 1936, los nacionalistas se habían situado a las puertas de la ciudad de Madrid, que esperaban conquistar en breve plazo. El gobierno republicano decidió trasladarse a Valencia y encargó la defensa de la ciudad al general asturiano José Miaja. Mientras algunos recordaban las coplas de Juan de Mena referidas al obispo de Sigüenza, para valorar la prudente medida del gobierno republicano: “que a los sus paños menores fue menester lavandera”(14).
Zugazagoitia decidió permanecer en la capital y sacar adelante la edición diaria del periódico. Las tropas comandadas por Varela desencadenaron el ataque sobre Madrid el ocho de noviembre, lanzando el núcleo de sus fuerzas hacia la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria, para que desde allí penetrasen en la ciudad. Pero esta vez las cosas resultaron de modo diferente. Las tropas de Miaja, un pobre viejo cobarde según el nacionalista Queipo de Llano, “ofrecen resistencia desacostumbrada. No se van del terreno. El adversario es tenaz. Si se repliega, vuelve sobre lo perdido en contraataques sucesivos hasta que lo recupera”(15). Una avanzada de los regulares norteafricanos que luchaban para los nacionalistas vadeó el Manzanares y logró penetrar en el Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria. Allí, se enfrentaron con los primeros batallones de las Brigadas Internacionales, recién llegados desde su base de entrenamiento en Albacete, al mando del general Kléber, que jugarían un papel tan notable en la defensa de la capital. Inesperadamente, el ataque nacionalista no obtuvo el éxito anticipado, pero Franco no renunció a la toma Madrid. Durante el final de 1936 y los primeros meses de 1937, los nacionalistas realizaron varios intentos de envolver y tomar la ciudad desde el oeste, desde el sur (batalla del Jarama) y desde el este. Esta última ofensiva desembocó en la batalla de Guadalajara de marzo de 1937, en la que las tropas italianas enviadas por Mussolini en apoyo de la causa de Franco cosecharon una humillante derrota ante los republicanos, que fue titulada por El Socialista “el Caporetto de Guadalajara”. Este sonoro fracaso llevó a Franco al convenci-miento de que convenía renunciar por ahora a la conquista de Madrid e, indirectamente, hizo caer temporalmente en desgracia al que probablemente fue el más notable estratega de la contienda, el general Yagüe, que en un discurso público en Burgos vino a decir que los republicanos “son como nosotros, españoles y valientes”(16). En el resto de los frentes las cosas iban mucho peor para los republicanos que habían perdido Málaga y que cometían errores como la ejecución del líder de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. Este fue ejecutado en Alicante en noviembre de 1936, tras un proceso en el que estaba sentenciado desde el inicio como fundador de la organización fascista. “La justicia hecha en la carne de Primo de Rivera ha desembarazado a Franco de un seguro contradictor”(17). Primo de Rivera había evidenciado que siendo radicalmente contrario al régimen republicano “temía una victoria de los militares. Eso era, para él, el pasado. Lo viejo. La España del siglo XIX prolongándose, viciosamente, en el siglo XX”(18). En su testamento político que escribió en la cárcel antes de su ejecución, lamentando la guerra entre españoles pedía “que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla”(19), y comentó que desearía poner fina al conflicto mediante un gobierno de unidad nacional. Una vez muerto, su figura pudo ser usada por Franco según su conveniencia.
En abril de 1937, el núcleo de la guerra se desplaza al norte. Franco se ha propuesto acabar con el extenso reducto republicano que ocupa parte del País Vasco, Santander y Asturias. Allí, cedida la dirección del periódico a un correligionario, se trasladó también Zugazagoitia, bilbaíno de nacimiento y diputado electo por Vizcaya en las elecciones de 1936 (ya había sido diputado en las Cortes constituyentes de 1931). “Me ilusionaba la idea de una victoria de la capital de Vizcaya y deseaba ser testigo de ella para más tarde poder ser cronista de su heroísmo”(20). Pero la realidad fue bien diferente. Los bombardeos sobre Guernica y Durango, ejecutados por aviadores alemanes al servicio de los nacionalistas, fueron la primera muestra. Tras el célebre bombardeo de Guernica, “los mismos aviadores alemanes bombardearon Durango(…). Un templo fue destruido en el momento en que se celebraba la misa, muriendo varios fieles y el sacerdote que la oficiaba. Una bomba destruyó una casa de religión femenina, matando a varias religiosas. Cuando la capital del Duranguesado fue de Franco, las religiosas supervivientes fueron coaccionadas para que testimoniasen que los bombardeos habían sido obra de los rojos separatistas. Resistieron las coacciones y se negaron a declarar otra cosa que la verdad. Esto les enajenó la simpa-tía de los vencedores, que llegaron a causarles molestias que no habían padecido con los defensores de la causa republicana. Algún periódico dijo de ellas que eran, antes que místicas esposas de Jesucristo, súbditas apasionadas de Aguirre: separatistas”(21). Entre la primavera y el otoño de 1937, caerían sucesivamente en manos de las tropas nacionalistas Bilbao, Santander y, finalmente, Asturias, acrecentando las tensiones y la desilusión entre los partidarios de la Repúbllica.
Las tensiones interrepublicanas se habían hecho aún más manifiestas en Barcelona, a comienzos de mayo de 1937. Los partidarios de profundizar y extender la revolución se enfrentaron a los que favorecían un reforzamiento de la autoridad central, apoyándose en los gobiernos central y autonómico, y la situación degeneró durante unos días en una pequeña guerra civil dentro de la Guerra Civil. La rebelión anarquista fue frenada por sus propios dirigentes y la solución de la crisis indicó la reducción del poder de los partidarios de profundizar en la revolución al tiempo que se hacía la guerra, y el ascenso de la autoridad central y de la creciente influencia comunista, a la estela de la dependencia de la URSS para el suministro de armamento. Como tantas veces, la cuerda se rompió por el punto más débil. Los comunistas revolucionarios del POUM, contrarios a Stalin y al comunismo oficial, se llevaron la responsabilidad esencial de la insurrección, en la que habían participado secundando a los anarquistas. “El proceso, por el que se perseguía un gravísimo delito contra la seguridad del Estado, tenía un defecto terrible: el de no afectar a los verdaderos autores (…). Los dirigentes del POUM fueron condenados a penas excesivas. La sentencia fue injusta”(22).
Otra de las consecuencias de estos hechos fue la crisis definitiva del gobierno presidido por Largo Caballero. Se formó un nuevo gobierno dirigido por Juan Negrín, en el que a propuesta del PSOE, partido de ambos, fue atribui-da la cartera de Gobernación a Zugazagoitia. “En otro momento, una tal noticia hubiese puesto a cantar mi vanidad. En aquel recibí la impresión más penosa”(23). Se desplazó de Bilbao a Valencia para reunirse con el resto del Gobierno, y no tardó en tener que afrontar un problema muy espinoso. Se trataba de la desaparición en Madrid, cuando estaba preso, de Andrés Nin, máximo dirigente del POUM. “Se dijo que el secuestro de Nin era obra de la Gestapo, interesada en que un colaborador suyo de tanto precio no fuese interrogado por nuestros policías y, por debilidad o arrepentimiento, descubriese sus servicios en la España republicana. El embuste no podía ser más grosero. Sin conocer a Andrés Nin, yo negaba la versión. Se lo dije así a Negrín. Este trató de convencerme de que todo era posible”(24). La verdad que se conoció mucho después es que Nin fue secuestrado por el NKVD, la policía política soviética, que había llegado a la España republicana mezclada con la ayuda militar y sus consejeros, y que fue torturado y asesinado. En relación a la desaparición de Nin, el nuevo ministro de Gobernación amenazó con su dimisión y obtuvo la destitución del director general de Seguridad, el comunista Ortega, del que sospechaba que encubría lo que realmente había sucedido. Zugazagoitia comenta así en el libro el final de este episodio (cuando todavía lo sucedido no se había esclarecido) “llegué a persuadirme, sin ninguna prueba, que Nin fue muerto pocas horas después de su secuestro. (…) Ya que no la de Nin, sé que defendí otras vidas,…, y esa convicción, me impide arrepentirme de haber continuado de ministro (…) Me emocioné muchas veces con los que me pedían justicia, y sin renegar de esa emoción, la compenso, ante los exigentes, con el orgullo de no haber faltado un solo día a mi deber, que una de las lecciones que he aprendido con la guerra es que los más crueles coinciden en ser los más cobardes cuando el deber es duro”(25). No cuenta mucho más de sus gestiones al frente del ministerio en la obra pero “son bien conocidas y han sido objeto de tardíos reconocimientos, las gestiones realizadas por el nuevo ministro de la Gobernación para el intercambio de prisioneros o la mejora de las condiciones de prisión que permitieron salvar la vida a algunas de las personalidades del bando rebelde, de las que siempre se recuerda a Sánchez Mazas y Fernández Cuesta”(26). Es sabido que facilitó un pasaporte al escritor Wenceslao Fernández Flórez, refugiado en Madrid en la embajada de los Países Bajos, y que junto al ministro de Justicia, Irujo (PNV) protegió la vida de sacerdotes y monjas. Ramón Serrano Suñer, el más influyente de los ministros de Franco en sus primeros gobiernos, cuando publicó sus Memorias en 1977, no tenía sino palabras de elogio para Zugazagoitia. Como veremos, de poco sirvió todo esto cuando él mismo debió enfrentarse a un consejo de guerra sumarísimo.
Aunque el Gobierno Negrín fue designado por la prensa republicana como el Gobierno de la Victoria, las cosas no fueron mucho mejor. Como se citó, se completó la derrota republicana en el área cantábrica, y las ofensivas limitadas emprendidas en Brunete y Belchite para aminorar la presión en el norte, tuvieron escaso éxito. Sí, tuvo mayor fortuna en otro de sus propósitos, el de “recuperar plenamente para el Gobierno toda la autoridad del Estado”(27). En noviembre de 1937, el Gobierno se trasladó a Barcelona, con la intención de recuperar autoridad sobre la región autónoma e impulsar el esfuerzo bélico en aquel territorio clave. Un mes después, en diciembre, el ejército republicano lanzó su primera gran ofensiva en Teruel. La operación, diseñada por el general Vicente Rojo, tuvo éxito inicialmente pues, en medio de un clima siberiano, las tropas republicanas tomaron Teruel al comenzar 1938. Pero los nacionalistas recuperaron la ciudad poco más de un mes después e iniciaron una ofensiva masiva que les llevaría hasta el Mediterráneo, cortando en dos la zona republicana y aislando Cataluña (abril 1938). Estos hechos convencieron definitivamente a muchos republicanos de que la guerra estaba perdida. Inevitablemente, resurgieron las tensiones. Estas tuvieron un buen reflejo en los conflictos entre tres de los personajes clave del poder republicano: el presidente de la República, Manuel Azaña, el presidente del Gobierno, Juan Negrín y el ministro de Defensa, Indalecio Prieto. Sobre la relación de los dos primeros, Zugazagoitia señala que a estas alturas “me constaba positivamente que los dos presidentes no se estimaban (…) Resumiendo esos juicios podría decirse que el pesimismo de Azaña era, en concepto del jefe del Gobierno, un reflejo de su miedo físico; en cambio, el optimismo de Negrín era, para don Manuel, la secreción natural de un visionario fantástico”(28). La relación era mejor entre Negrín y Prieto que, además, pertenecían al mismo partido. Pero Prieto entendía, como Azaña, que la guerra estaba perdida y receleba crecientemente del papel clave que el jefe del gobierno daba a los comunistas. Negrín, por el contrario, era partidario de luchar hasta el final y defendía que si había dado más protagonismo a los comunistas era porque eran sus aliados más fieles en esa estrategia de resistencia a ultranza(29). Esos desacuerdos condujeron a una nueva crisis y a una remodelación del Gobierno en abril de 1938. Para disgusto de Azaña, Negrín se mantuvo como jefe de gobierno y Prieto abandonó el ministerio. También salió del Gobierno Zugazagoitia pero, en su caso, no por desacuerdo con la política del presidente sino por petición personal expresa; siguió colaborando con Negrín, de hecho, pasó a ocupar la secretaría general del ministerio de Defensa, cartera que asumió el propio presidente del Gobierno. Zugazagoitia era amigo íntimo de Prieto desde los años en que ingresó en el socialismo vizcaíno siendo un adolescente, pero consideró que en aquellas circunstancias la política a seguir era la que propugnaba Negrín. Compartía la opinión del jefe del Gobierno autónomo vasco, Aguirre: “entre Negrín y Prieto no había duda posible. Al decidirse por el primero lo hacía con el natural sentimiento de su vieja devoción por Prieto; pero es que la posición pesimista de don Indalecio llevaba aparejada una mengua de la confianza en él. Negrín afirmaba con entereza sincera la posibilidad de superar el momento y alcanzar la victoria. Era el hombre que convenía”(30) en aquella circunstancia histórica. Negrín fue y sigue siendo una figura polémica, denostada incluso por su propio partido, el PSOE, que durante décadas le consideró mayoritariamente como un traidor que entregó la República y el partido a los comunistas. En muchas historias de la Guerra Civil aparece como una figura siniestra, una marioneta en manos de los soviéticos(31). Zugazagoitia no compartía esa visión y, sin ocultar los defectos y errores que cometió, recuerda dos cualidades extraordinarias en él: su amor y preocupación sincera por España y su voluntad de resistir. “Sólo hubo una auténtica voluntad de resistencia y victoria: la de Negrín. La derrota quita valor a su época de gobierno; (…) La leña se hace del árbol que cae y las ofrendas se cuelgan de aquel que resiste. Es una ley vieja que los hombres observan con manifiesta fruición. Batirse contra ella es exponerse a severa impopularidad. El vencido nunca tiene razón, y defenderla es arriesgar la propia”(32). Negrín creía firmemente que sólo una resistencia poderosa y eficaz podía propiciar una solución satisfactoria al conflicto y con esa idea publicó sus famosos Trece Puntos el primero de mayo de 1938, en los que exponía sus objetivos para la guerra y que tuvieron muy poco éxito. Sí, tuvo, temporalmente, mejor fortuna en el restablecimiento de la moral republicana. Desapareció durante algunos meses la sensación de derrota inevitable y el 25 de julio de 1938 el Ejército Popular de la República lanzó su ofensiva más importante de toda la guerra, en la que puso los mejores recursos humanos y materiales que conservaba. Fue la ofensiva que dio inicio a la batalla del Ebro, diseñada por el general Rojo y en la que el jefe del gobierno se implicó directamente. Era una operación tácticamente brillante y atrevida pero estratégicamente muy arriesgada, y aunque en su fase inicial la ofensiva sorprendió a los nacionalistas acabó fracasando. En el otoño, todo volvía a pintar muy negro para la suerte de la República. Los nacionalistas amenazaban con una ofensiva inminente sobre Cataluña y, en el exterior, las esperanzas puestas en que, por fin, las democracias europeas se decidiesen a hacer frente al expansionismo nazi se acabaron cuando la Conferencia de Munich entregó a Hitler los Sudetes y, en definitiva, Checoslovaquia, a cambio de que no desencadenase la guerra.
La anunciada ofensiva sobre Cataluña comenzó el 23 de diciembre de 1938. La moral republicana estaba por los suelos y la superioridad en medios de los nacionalistas era aplastante. Como ya habían hecho sobre Madrid, sobre Bilbao y las otras ciudades del norte, dominaron el espacio aéreo y bombardearon con escasa oposición la ciudad de Barcelona. “Sólo en el Antiguo Testamento, y ello por concesión expresa del Señor, la piedra del hondero abate al gigante”(33). Las tropas republicanas no pueden contener el avance y las ciudades catalanas caen en manos de las tropas de Franco con rapidez vertiginosa, incluida Barcelona; “llegué a suponer que la ciudad se avenía bien con nuestra derrota, calculando que era el término de la guerra, el final de las agresiones aéreas y quizá, en esto se equivocaba, la vuelta a la normalidad soñada, la reincorporación a un pasado fácil y venturoso en su mediocridad, sin heroísmos forzados”(34). El autor de Guerra y … recuerda la huida hacia Francia como una experiencia extremadamente penosa. En Figueras, paso previo hacia el objetivo de alcanzar la frontera del país vecino, “una humanidad doliente lo invadía todo. (…) Era difícil defenderse de tanta mirada suplicante, de tanto rostro desconocido que pedía, sin palabras, mucho menos de lo que le habíamos quitado, con acciones u omisiones, los jugadores de la política; pedía clemencia… Nunca me he sentido tan terriblemente acusado”(35). Mientras tanto, Negrín seguía trabajando con dos objetivos obsesivos: “evitar que la derrota de Cataluña degenerase en una catástrofe humana y conservar la resistencia como único medio de lograr una paz que no supusiera el aniquilamiento implacable de los vencidos. Sólo con ese fin conservaba la máscara de la resistencia a todo evento. Sabía que tenía sobre sus hombros el peso trágico de la derrota y hacía esfuerzos para que no se le notase el cansancio ni la desesperación”(36). Habló con el embajador francés y con los encargados de negocios del Reino Unido y de los Estados Unidos, notificándoles que agradecería la intermediación de sus gobiernos para poner fin al conflicto. Sólo ponía dos condiciones: garantizar la independencia de España de la influencia de alemanes e italianos y, sobre todo, evitar las represalias. A cambio de esas concesiones, que debían ser sólidas, se entregaría todo el material, la Escuadra, los recursos económicos y “finalmente, añadió Negrín, mi persona, para que con la justicia que se me haga quede cancelado el proceso de la guerra”(37). En la última reunión de las Cortes republicanas en territorio español celebrada en las caballerizas del castillo de Figueras – “en la nave inmensa, el grupo de los diputados y el Gobierno evocaba por el lugar y la hora, medianoche, la ceremonia religiosa y entrañable de una secta perseguida”(38)-, Zugazagoitia recuerda la angustia indecible en el discurso del antiguo fisiólogo canario y su sincera preocupación por la suerte de España. Negrín, los otros representantes políticos y entre doscientos y trescientos mil españoles cruzaron la frontera francesa a comienzos de febrero de 1939. Pese a los episodios posteriores de campos de internamiento masivos en las playas y registros en comisarías policíacas, el autor recuerda con gratitud la conducta generosa de Francia con aquella avalancha humana, mísera y desesperada.
Negrín y el gobierno regresaron casi de inmediato a lo que quedaba de la República, en la zona centro-sur de la Península. Zugazagoitia solicitó acompañarle pero el presidente del Gobierno le pidió que permaneciese en Francia a la espera de los servicios que pudiese requerirle. Tampoco regresaron, en este caso por propia voluntad, puesto que reputaban perdida la guerra, el jefe del Estado Mayor republicano, el general Rojo y el presidente de la República, Azaña. El general Rojo desertó de su puesto pese al requerimiento de Negrín, afirmando “se harán cargo de que no porque el superior nos mande arrojarnos por la ventana hemos de hacerlo”, a lo que el autor replica en su libro “¡cómo hubieran agradecido los soldados republicanos la difusión de esa doctrina, con la firma del general Rojo, en las vísperas de los ataques de Brunete, Belchite, Teruel, el Ebro”(39). La defección de Azaña, por el que Zugazagoitia sentía una sincera admiración, puso a la vapuleada República ante una nueva crisis constitucio-nal, pues dejó vacante la presidencia de la República. En realidad, el muy notable intelectual y político que fue Azaña estuvo completamente desbordado por las circunstancias de la guerra desde su inicio; había soñado con una España sin odios políticos ni furores teológicos y se veía envuelto en una guerra despiadada. Se negaba a hablar de victoria aunque los republicanos hubiesen ganado la contienda, pues no consideraba tal la ventaja conseguida con daño a la tierra común, sobre otros compatriotas. “Siempre me ha parecido mezquina su talla de gobernante cuando la comparaba con su talla de español. El gobernante quizá se haya equivocado mucho; el español que hay en Azaña, contadas veces o ninguna”(40). A su renuncia acompañó la solicitud de un ajuste inmediato de paz en condiciones humanitarias que evitase sacrificios inútiles.
Cuando Negrín regresó a la zona centro-sur bajo dominio republicano sabía que la derrota era irremediable, pese a que seguía defendiendo la consigna de resistir a toda costa. “Si se aferra a su postulado y recomienda la resisten-cia es sólo al efecto de negociar una capitulación que permita la retirada de los combatientes, civiles y militares, que hayan contraído responsabilidades graves y prohíba a la facción victoriosa el ejercicio de las represalias”(41). Es probable que hubiese debido dejar traslucir de modo más evidente sus intenciones “resistir para evitar, si no la de-rrota, las hipotecas sangrientas de la derrota”(42). El caso es que ya eran mayoría los que consideraban completamente estéril y sanguinaria la táctica de “con o sin pan, resistir”; Negrín y los comunistas polarizaban los odios. Una nueva división interna, una más, va a conducir a la derrota definitiva de los republicanos. En la noche del 4 al 5 de marzo de 1939, mientras Negrín y sus ministros se encuentran en Alicante, el coronel Casado, jefe militar de la zona centro, protagoniza un golpe de Estado, destituye a Negrín y proclama la autoridad de una Junta de Defensa Nacional que se propone como objetivo esencial obtener una paz “digna y honrosa”. Durante el día 5, constatando que carecen de la fuerza militar necesaria para aplastar la rebelión encabezada por Casado y han perdido definitivamente la partida, Negrín y sus ministros salen en avión hacia Francia. En el golpe de Estado han colaborado mandos militares (entre ellos el general Miaja) y representantes individuales de diversas fuerzas como republicanos, socialistas y anarquistas, que ocupan puestos en la recién creada Junta. Entre los políticos destaca el socialista Julián Besteiro, antiguo presidente de las Cortes, que desde hacía mucho consideraba perdida la guerra y veía a Negrín como un comunista solapado, fiel servidor de las instrucciones de la URSS. Fueron, precisamente, los comunistas quienes intentaron hacer frente al golpe de Casado con las armas, pero fueron vencidos produciéndose en las luchas a lo largo de Madrid un muy notable número de muertes. Mientras se desarrolla esa contienda entre republicanos, Franco no ordena el ataque de sus tropas. Sabe que la situación está madura para un triunfo sin apenas coste. Como a lo largo de todo el conflicto, tampoco hará nada para firmar paz alguna con la Junta pues no desea contrato que le obligue a ningún compromiso. Ante esa situación, se acaban las bazas de la Junta de Defensa de Casado; “el golpe de Estado (había sido) discurrido para corregir la política de resistencia de Negrín, calculado para terminar la guerra,… Quien rompe su espada no puede después servirse de ella”(43). La Junta de Defensa hizo desesperados esfuerzos para obtener “un tratadillo de paz con el que cubrir las apariencias”(44) pero no lo logra, se disuelve y sus integrantes abandonan Madrid, encabezados por Casado, buscando su salida de España. En la capital sólo permanece Besteiro, que se ha dictado el deber de caer con la capital sin abandonarla; “las luces de la filosofía se manifiestan más consistentes que los brillos de la espada”(45). De la suerte de los republicanos de a pie la Junta nada quiso saber; algunos recordaron entonces que Negrín en el abandono de Cataluña, esperó a que llegasen las últimas unidades republicanas que habían cubierto la retirada, para pasar a Francia y había comentado a las personas que le acompañaban (entre ellas Zugazagoitia): “¡Veremos cómo liquidamos la segunda parte! (se refería a la retirada de la zona centro-sur). Esa será más difícil”(46).
El 28 de marzo de 1939, las tropas de Franco entraban en Madrid sin disparar un tiro. “Multitud de cadalsos, ofi-ciales, oficiosos y clandestinos, iban a declarar, con el testimonio de los muertos, la necesidad de la resistencia”(47). Era la primera evidencia de “un triunfo furioso y medieval”(48). El corolario dramático lo pusieron los millares de combatientes republicanos, que se saben perdidos si no abandonan España, y se habían puesto en camino hacia los puertos de Levante para comprobar cuando llegaron que no había embarcaciones que les pudieran sacar del país, y que quedaban a merced de la justicia implacable del Gobierno de Franco.
Esa justicia alcanzó también a Julián Zugazagoitia. En 1940, no mucho después de que concluyese Guerra y …(49), Francia fue invadida por las tropas de Hitler, que obtuvieron una victoria inesperadamente fácil. Las autoridades nacionalistas españolas hicieron las gestiones oportunas para que los nazis les entregasen a destacadas personali-dades republicanas que habitaban en la zona de ocupación alemana. El 27 de julio de 1940, Zugazagoitia fue dete-nido por la Gestapo en su casa de París, y poco después fue entregado a las autoridades españolas y trasladado a Madrid para ser sometido a un juicio sumarísimo. Fue juzgado junto a otros cinco compañeros republicanos que habían desempeñado responsabilidades de diverso tipo; entre ellos, Francisco Cruz Salido(50), andaluz, compañero de partido, de la redacción de El Socialista y colaborador en las tareas desempeñadas durante la etapa final del conflicto en el ministerio de Defensa. No fueron acusados de delitos concretos sino de haber sido leales a la República y haber desempeñado cargos o funciones diplomáticas y de gobierno que demostraban esa lealtad. Cuando le tocó el turno a Zugazagoitia, sólo acudió como testigo para defender su inocencia el escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez. Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, acudió al proceso para declarar a favor de otro inculpado pero no dijo palabra sobre don Julián. En sus Memorias, publicadas en 1977, Serrano Suñer “considera-ba a Zugazagoitia una de las personalidades más respetables del socialismo, un buen escritor y hombre de gran inteligencia, una vida noble, uno de los espíritus más finos del partido socialista, opiniones que en nada influyeron para evitar el secuestro ejecutado por agentes a sus ordenes (51)” Tampoco para evitar su sentencia a muerte en lo que el ministro franquista denominaría un ejercicio de justicia al revés, pues fue acusado, según dice literal-mente la sentencia, de “un delito de adhesión a la rebelión militar” que se opuso al Alzamiento Nacional; el mismo fallo fue válido para Cruz Salido. El 8 de noviembre, internados en la prisión de Porlier, se les comunicó a ambos que serían ejecutados al día siguiente. Cipriano Rivas que había sido acusado en el mismo proceso pero que fue sentenciado a una pena menos grave, escribió en 1944, cuando seguía interno en la prisión santanderina del Dueso, un artículo titulado “Tres mártires: Companys (52), Zugazagoitia y Cruz Salido”. En ese artículo recordaba las últimas horas compartidas con los dos últimos. Contaba que cuando vinieron a buscarle para ejecutarle, Zugazagoitia “estaba terminando, con la misma letra clara, menudísima y regular, un cuento marinero para sus hijos. Había escrito ya a los suyos, y le encargó que recordara a todos sus amigos y correligionarios aquel su firme deseo de que su sangre no sirviera nunca de mínimo pretexto para verter más sangre de españoles”(53).
“Julián Zugazagoitia fue fusilado en el cementerio del Este de Madrid, a las seis y veinticinco de la mañana del 9 de noviembre de 1940, uno entre los catorce ejecutados ese mismo día, uno entre los 953 ejecutados de ese mismo año, uno entre los 2663 ejecutados en ese mismo lugar desde mayo de 1939 hasta febrero de 1944″(54). Sus restos comparten la misma tumba con los de Cruz Salido, en el cementerio de la Almudena o del Este.
Para Josefa. Para Enrique
1) Santos Juliá, prólogo: I. Esta y el resto de referencias a la obra que aparezcan citadas se refieren a Zugazagoitia, J (2001): Guerra y vicisitudes de los españoles, Barcelona, Tusquets EditoresZugazagoitia, prólogo a la edición de 1940: 26IbídemIbídemZugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles: 104
Antes, había sido redactor en otros medios de prensa bilbaínos de afiliación socialista como el diario El Liberal o el semanario La lucha de clases. Además, había publicado varias novelas de contenido social, destacando El botín, que había merecido un elogioso comentario de Azorín.Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles: 38Op.cit: 60Op.cit: 94Op.cit: 96Op.cit: 105Prólogo de Santos Juliá, nota a pie de página 32: XVIZugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles: 174Citado por Zugazagoitia; op.cit: 195Op.cit: 204Op.cit: 267Op.cit: 276Op.cit: 273Op.cit: 270-271Op.cit: 280Op.cit: 281. José Antonio de Aguirre (PNV) fue el primer jefe del gobierno de la autonomía vasca aprobada, finalmente, por las Cortes al comienzo del la Guerra CivilOp.cit: 287Op.cit: ,300Op.cit: 310Op.cit: 311Santos Juliá, prólogo: XVII-XVIIIZugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles: 316
Op.cit: 403
Zugazagoitia recuerda como en una conversación con Negrín por aquellos días, éste le comentó: “Si alguna organización me da lo que pido, ésa es la comunista. Siempre está en condiciones de apechar con las partes más ásperas de la contienda”;op.cit: 507. A esto unía la convicción de que militarmente “las fuerzas verdaderamente estimables son aquí comunistas y anarquistas, y del lado de allá, falangistas y carlistas”; op.cit.436
Op.cit: 438
Un buen ejemplo es la siniestra descripción que el historiador británico Antony Beevor hace en su , por otra parte, excelente (aunque discutible en ciertas consideraciones), La Guerra Civil española, 2005
Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles: 438
Op.cit: 512
Op.cit: 524
Op.cit: 527
Op.cit: 530
Op.cit: 534
Op.cit: 533
Op.cit: 547
Op.cit: 153
Op.cit: 558
Op.cit: 561
Op.cit: 596
Op.cit: 600
Ibídem. Besteiro era catedrático de Lógica en la Universidad Central. Fue encarcelado y murió en 1940 de tuberculosis en un convento de Carmona convertido en cárcel., donde coincidió con un buen número de sacerdotes vascos.
Op.cit: 545
Op.cit: 601
Ibídem
La primera edición francesa de la obra preparada para salir poco tiempo después que la edición argentina fue secuestrada por la Gestapo, al tiempo que su autor. La segunda edición se publicó en Francia en 1968. En España no fue posible publicar la obra hasta la recuperación de la democracia.
En una especie de premonición trágica, Zugazagoitia comenta en su libro “No sé qué raro destino se encarniza con Cruz Salido que es, entre los hombres bondadosos y finos, uno de los mejores que conozco”. Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles: 192
Santos Juliá, prólogo: XVIII
Fue el presidente del gobierno autónomo catalán en la etapa final de la II República y durante la Guerra Civil. Detenido en Francia casi al tiempo que Zugazagoitia y Cruz Salido, fue procesado en otro consejo de guerra sumarísimo y ejecutado en Barcelona.
Santos Juliá, prólogo: XXXI
Ibídem